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SANTIAGO VILLANUEVA

 

La mujer de finales del siglo XX no es la misma de principios de siglo.

Obtuvo ya el merecido derecho al voto, que trágicamente le negó la historia hasta alrededor de 1930. Ha entrado al mercado laboral y compite con el hombre a brazo partido por posiciones de liderato. Ha reestructurado tanto su tiempo para ser eficaz en su lucha que en muchas ocasiones está indisponible emocionalmente para los propios hijos. Ya inclusive se escucha de ésta decir que no va a tener hijos, que no nació para eso.

Definitivamente, la aceleración del desarrollo económico, el afán desmedido por obtener determinado status social, tener la mejor casa, el mejor automóvil, el retiro perfecto, el viaje anual fuera del país, el mejor equipo de vídeo y de sonido, han marcado la personalidad de la mujer.

La mujer, que orgánicamente es la única que está preparada para la maternidad, ya ni eso desea. En otras palabras, si es necesario postergar, reducir, opacar o hasta perder sus cualidades más preciosas, está dispuesta. Está dispuesta a todo.

La mujer desea trato digno e igualdad y nada menos que eso merece. Pero llega el momento de decir basta, de tirar la línea y decir hasta aquí. Ya no más. Hasta cuándo nos vamos a seguir engañando a nosotros mismos? Hitler también proclamaba ideales nobles y utópicos como el de una raza única y superior y cayó en la decadencia de matar a millones de seres humanos. Aquí se está matando la vida en familia.

No es la dignidad, tampoco el esfuerzo que dedicamos ante el reto hacia el desarrollo personal lo que propulsa semejante dínamo de evolución. Es el revanchismo histórico de la mujer contra el hombre. Es la ocultación patética de un profundo sentido de inadecuacidad personal. Es simple, se llama inseguridad. Se disimula con orgullo y se gana mucho dinero a costa de la familia, de la niñez y de todo lo que es permanentemente trascendente.

Aunque la profesión alcanzada sea incompatible con la maternidad, y ya sea madre la mujer, la profesión y el dinero que consecuentemente produce son primero.

A veces vemos cómo se desmaternaliza, deshumaniza y se insensibiliza con la más fría de las indiferencias la mujer a sí misma. En pos de tener el matrimonio perfecto y la libertad financiera se pueden incurrir en la arrogancia más extrema y atropellante. Dónde quedó el corazón de la mujer? Se ha sacrificado la empatía que es el primer y necesario escalón para una genuina y gratificante interacción.

Se puede sacrificar al padre de la criatura y divorciarse aunque el hijo sienta la dosis de inseguridad más inmensa y palpe la angustia de separación más patética. No importa si el niño desarrolla posteriormente un síndrome de dependencia emocional a causa de ello. Tampoco si el niño tendrá mayor probabilidad de divorciarse en el futuro.

Estamos en la era de lo positivo. Cada cual tiene que bregar con su proceso, su transformación personal. Cada vez demandamos más de los niños para que descubran a tiempo el misterio de la vida. Y se lo hacemos saber de forma no-verbal, con el ejemplo. Somos severos y duros con nosotros mismos, muchas veces contradictorios.

La televisión puebla de consignas las mentes ingenuas y de poco juicio crítico. La más contemporánea "Cree en ti... no obstante que para creer en ti, tengas que dejar de creer en los demás". Es una noción bastante desequilibrada y equivocada de lo que es vivir fraternalmente, para la civilización del amor en el nuevo milenio de la luz.

Es la época de la mujer narcisista. Esta se refiere a un vuelco al interior para satisfacer aquellas necesidades personales por encima de las necesidades sociales y de interacción. Ya se escucha decir "quiero vivir sola para hacerme totalmente responsable de mi persona", como si fuera necesario aislarse para luego entrar al grupo, amarse para luego amar, ser uno para ser con los demás. Nada más lejos de la verdad.

Es como una proporción de orgullo poco sano que más que aportar al crecimiento personal termina por aislarnos, dividirnos, divorciarnos y fragilizarnos como sociedad. Mientras escribo estas palabras me siento hasta avergonzado de cómo me atrevo a proclamar el legítimo giro que debemos de hacer hacia lo esencial, a la búsqueda de lo espiritual, a la conversación sin televisión, a traer el vaso de agua sin protestar y "sin cara", al encuentro amoroso de nosotros como personas plenas.

¡Mujer despierta! Has sacrificado bastante. Despierta a lo desequilibrado de tus intenciones. Reconoce que lo que buscas llenar en tu vida no es tu cuerpo de comida y tu mente de seguridad económica. Ciertamente es importante, pero no lo es todo. Lo que buscas tanto fuera, ya está dentro de ti.

El divorcio debe estar reservado para situaciones muy especiales como el maltrato crónico y de propósito, los problemas de adicción contumaz, la infidelidad y la conducta ilegal. No te separes de aquellos que buscan junto a ti, aunque no para tu entera satisfacción, la felicidad.

Tampoco te pido que quedes paralizada y estancadamente mediocre. Busca ayuda. No envíes mensajes de arrogancia y de poder imponiendo pensiones alimentarias onerosas. Usa tu astucia emocional más que el mollero jurídico. La flexibilidad por encima del reclamo absolutista. Tu sensato corazón por encima de una interpretación leguleya y superficial de la ley.

No rehúyas tu responsabilidad histórica, social y personal. Basta de tener pensiones alimentarias de dos o tres hombres. Renace interiormente. Reconoce la dignidad de Dios dentro de ti. Haz una pausa y actúa sabiamente en el proyecto de tu vida.

 


El autor es sicólogo y director de la Comisión de Asuntos del Consumidor de la Cámara de Representantes.

 

El Nuevo Día Interactivo - San Juan, Puerto Rico
jueves, 11 de marzo de 1999